
Hoy ha fallecido uno de los faros de luz de nuestra sociedad contemporánea: Aleksandr Solzhenitsyn. Prolífico autor y pensador, no solo denunció la tiranía soviética, sino que además tuvo el coraje de poner el dedo en la llaga en los defectos de occidente, y en el mal uso de la libertad. A continuación los dejo con el discurso pronunciado por este gran hombre, que se ha ganado su sitial entre los nombres que la humanidad ha de honrar con orgullo, en la Universidad de Harvard el 8 de Junio de 1978.
UN MUNDO DIVIDIDO EN PEDAZOS
Alexander
Solzhenitsyn
Discurso de graduación en Harvard,
Jueves,
8 de Junio, 1978
Estoy sinceramente complacido de
estar con ustedes con en esta ocasión ocasión del 327°
año lectivo en esta antigua e ilustre universidad. Vayan mis
felicitaciones y mis mejores deseos para todos aquellos que hoy se
gradúan.
El lema de Harvard es "Veritas." Muchos
de ustedes ya han aprendido y otros lo aprenderán a lo largo
de sus vidas que la verdad nos elude si no nos esforzamos plenamente
en seguirla. E incluso mientras nos elude, la ilusión por
conocerla todavía persiste y nos lleva a algunos desaciertos.
Además, la verdad raramente es grata; casi siempre es amarga.
También hay algunas amarguras en mi discurso de hoy. Pero
deseo suscitar esa ansiedad no como un adversario sino como un
amigo.
Hace tres años en Estados Unidos, dije ciertas cosas
que parecían inaceptables. Hoy, sin embargo, mucha gente
coincide con lo que yo he dicho...
Un mundo dividido en
pedazos
La división del mundo de hoy es perceptible
incluso contemplado superficialmente. Cualquiera de nuestros
contemporáneos rápidamente identificaría dos
potencias mundiales, cada una de ellas capaz de destruir enteramente
a la otra. Sin embargo, la comprensión de esta división
a menudo está limitada a la concepción política,
a la ilusión de que el peligro puede ser conjurado mediante
negociaciones diplomáticas exitosas o por un cuidadoso
equilibrio de fuerzas armadas. La verdad es que esta división
es mucho más profunda y más alienante; la ruptura es
mayor de lo que puede parecer a primera vista. Esta profunda y
múltiple ruptura conlleva el peligro de múltiples
desastres para todos nosotros, según la antigua verdad de que
un Reino – en este caso, nuestra Tierra – divido contra sí
mismo no puede subsistir.
Mundos contemporáneos
Ahí está el concepto del Tercer Mundo: así pues, ya tenemos tres mundos. Indudablemente, sin embargo, el número es incluso mayor, sólo que estamos demasiado lejos para verlo. Algunas antiguas culturas autónomas están arraigadas profundamente, especialmente si se han extendido sobre la mayor parte de la Tierra, constituyendo un mundo autónomo, llenas de acertijos y sorpresas para el pensamiento Occidental. Como mínimo, debemos incluir en esa categoría a China, la India, el mundo musulmán y África, si efectivamente aceptamos la aproximación de mirar las dos últimas como unidades compactas. Durante mil años Rusia ha pertenecido a tal categoría, aunque el pensamiento Occidental sistemáticamente cometa el error de negarle su carácter autónomo, y por ello nunca la entendió, del mismo modo que hoy Occidente no comprende a Rusia en la cautividad comunista. Puede ser que en años pasados Japón ha sido cada vez más como una parte distante de Occidente, no quiero opinar sobre eso aquí; pero, Israel, por ejemplo, pienso que permanece separado del mundo Occidental aunque sólo sea porque su sistema estatal permanece ligado a la religión.
Hace relativamente poco tiempo el pequeño mundo de la Europa moderna fácilmente incautaba colonias por todo el globo, no sólo sin ninguna resistencia, sino también, por lo general, con desprecio de los posibles valores de los pueblos conquistados hacia la vida. En este sentido, tuvo un éxito abrumador, no hubo fronteras geográficas para ello. La sociedad Occidental se expandió como un triunfo de humana independencia y poder. Y de repente, en el siglo XX, se descubre su fragilidad e inconsistencia. Ahora vemos que las conquistas probaron ser de corta y precaria vida, y este giro señala los defectos en la visión del mundo con que Occidente contemplaba dichas conquistas. Las relaciones con el antiguo mundo colonial ahora se han tornado en su contra y el mundo Occidental a menudo llega a extremos de obsequiosidad, pero aún es difícil estimar la factura total que los antiguos países coloniales presentarán a Occidente; es difícil predecir si la entrega no sólo de las últimas colonias, sino de todo lo que posee será suficiente para que saldar esa cuenta.
Convergencia
Con todo, la
ceguera de la superioridad continúa con molestia para todos y
sostiene la creencia de que, por todas partes, vastas regiones de
nuestro planeta deberían desarrollarse y madurar hasta
alcanzar el nivel actual del sistema político occidental, que
en teoría es el mejor y en la práctica el más
atractivo. Existe la creencia de que todos aquellos otros mundos
están sólo siendo temporalmente impedidos por débiles
gobiernos, o por fuertes crisis, o por su propia barbarie o
incomprensión para tomar la vía de las democracias
pluralista Occidentales y adoptar su forma de vida. Los países
son evaluados y juzgados según el incremento de su progreso en
esta dirección. Sin embargo, esta concepción es el
fruto de la incomprensión occidental de la esencia de los
otros mundos; es un resultado de medirlos equivocadamente a todos con
el mismo criterio occidental. La imagen real del desarrollo de
nuestro planeta es completamente diferente.
La angustia provocada
por un mundo dividido hizo nacer la teoría de la convergencia
entre los principales países Occidentales y la Unión
Soviética. Es una teoría tranquilizadora que pasa por
alto el hecho que esos mundos no se están evolucionando
similarmente; ni tampoco uno puede ser transformado en otro sin el
uso de la violencia. Además, la convergencia inevitablemente
implica la aceptación de los defectos de la otra parte, y esto
es difícilmente deseable.
Si yo estuviera hoy hablando en
un auditorio en mi país, examinando el diseño general
de la ruptura del mundo me habría concentrado en las
calamidades del Este. Pero dado mi forzado exilio en el Oeste desde
hace cuatro años, y ya que mi audiencia es occidental, pienso
que puede ser de mayor interés concentrarme en ciertos
aspectos del Occidente en nuestros días, tal como los veo.
El declive de la valentía
La
merma de coraje puede ser la característica más
sobresaliente que un observador imparcial nota en Occidente en
nuestros días. El mundo Occidental ha perdido en su vida civil
el coraje, tanto global como individualmente, en cada país, en
cada gobierno, cada partido político y por supuesto en las
Naciones Unidas. Tal descenso de la valentía se nota
particularmente en las élites gobernantes e intelectuales y
causa una impresión de cobardía en toda la sociedad.
Desde luego, existen muchos individuos valientes pero no tienen
suficiente influencia en la vida pública. Burócratas,
políticos e intelectuales muestran esta depresión, esta
pasividad y esta perplejidad en sus acciones, en sus declaraciones y
más aún en sus autojustificaciones tendientes a
demostrar cuán realista, razonable, inteligente y hasta
moralmente justificable resulta fundamentar políticas de
Estado sobre la debilidad y la cobardía. Y este declive de la
valentía es acentuado irónicamente por las explosiones
ocasionales de cólera e inflexibilidad de parte de los mismos
funcionarios cuando tienen que tratar con gobiernos débiles,
con países que carecen de respaldo, o con corrientes
desacreditadas, claramente incapaces de ofrecer resistencia alguna.
Pero quedan mudos y paralizados cuando tienen que vérselas con
gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras, con agresores y con
terroristas internacionales.
¿Habrá que señalar
que, desde la más remota antigüedad, la pérdida de
coraje ha sido considerada siempre como el principio del fin?
Bienestar
Cuando se
formaron los Estados occidentales modernos, se proclamó como
principio fundamental que los gobiernos están para servir al
hombre y que éste vive para ser libre y alcanzar la felicidad.
(Véase, por ejemplo, la Declaración de Independencia
norteamericana). Ahora, por fin, durante las últimas décadas,
el progreso tecnológico y social ha permitido la realización
de esas aspiraciones: el Estado de Bienestar. Cada ciudadano tiene
garantizada la deseada libertad y los bienes materiales en tal
cantidad y calidad como para garantizar en teoría el alcance
de la felicidad, en el sentido moralmente inferior en que ha sido
entendida durante estas últimas décadas. En el proceso,
sin embargo, ha sido pasado por alto un detalle psicológico:
el constante deseo de poseer cada vez más cosas y un nivel de
vida cada vez más alto, con la obsesión que esto
implica, ha impreso en muchos rostros occidentales rasgos de ansiedad
y hasta de depresión, aunque sea habitual ocultar
cuidadosamente estos sentimientos. Esta tensa y activa competencia ha
venido a dominar todo el pensamiento humano y no abre, en lo más
mínimo, el camino hacia el libre desarrollo espiritual. Se ha
garantizado la independencia del individuo a muchos tipos de presión
estatal; la mayoría de las personas gozan del bienestar en una
medida que sus padres y abuelos no hubieran siquiera soñado
con obtener; ha sido posible educar a los jóvenes de acuerdo
con estos ideales, conduciéndolos hacia el esplendor físico,
felicidad, posesión de bienes materiales, dinero y tiempo
libre, hasta una casi ilimitada libertad de placeres. De este modo
¿quién renunciaría ahora a todo esto? ¿Por
qué y en beneficio de qué habría uno de
arriesgar su preciosa vida en la defensa del bien común,
especialmente en el nebuloso caso que la seguridad de la propia
nación tuviera que ser defendida en algún lejano
país?
Incluso la biología nos dice que la seguridad
y el bienestar extremo habitual no resultan ventajosos para un
organismo vivo. Hoy, el bienestar en la vida de la sociedad
Occidental ha comenzado a revelar su máscara perniciosa.
Vida legalista
La sociedad occidental ha elegido para si misma la organización más adecuada a sus fines, basados, diría, en la letra de la ley. Los límites de lo correcto y de los derechos humanos se encuentran determinados por un sistema de leyes, cuyos límites son muy amplios. La gente en Occidente ha adquirido una considerable capacidad para usar, interpretar y manipular la ley (aun cuando estas leyes tienden a ser tan complicadas que la persona promedio no puede ni comprenderlas sin la ayuda de un experto). Todo conflicto se resuelve de acuerdo a la letra de la ley y este procedimiento está considerado como una solución perfecta. Si uno está a cubierto desde el punto de vista legal, ya nada más es requerido. Nadie mencionaría que, a pesar de ello, uno podría seguir sin tener razón. Exigir una autolimitación o una renuncia a estos derechos, convocar al sacrificio y a asumir riesgos con abnegación, sonaría a algo simplemente absurdo. El autocontrol voluntario es algo casi desconocido: todo el mundo se afana por lograr la máxima expansión posible del límite extremo impuesto por los marcos legales. (Una compañía petrolera es legalmente libre de culpa cuando compra la patente de un nuevo tipo de energía para prevenir su uso. Un fabricante de un producto alimenticio es legalmente libre de culpa cuando envenena su producto para darle más larga vida: después de todo, la gente es libre no comprarlo.)
He pasado toda mi vida bajo un régimen comunista y les diré que una sociedad carente de un marco legal objetivo es algo terrible, en efecto. Pero una sociedad sin otra escala que la legal tampoco es completamente digna del hombre. Pero una sociedad basada sobre los códigos de la ley, y que nunca llega a algo más elevado, pierde la oportunidad de aprovechar a pleno todo el rango completo de las posibilidades humanas. Un código legal es algo demasiado frío y formal como para poder tener una influencia beneficiosa sobre la sociedad. Siempre que el fino tejido de la vida se teje de relaciones juridicistas, se crea una atmósfera de mediocridad moral, que paraliza los impulsos más nobles del hombre.
Y será simplemente imposible enfrentar los conflictos de este amenazante siglo con tan sólo el respaldo de una estructura legalista.
La orientación de la libertad
La sociedad occidental
actual nos ha hecho ver la diferencia que hay entre una libertad para
las buenas acciones y la libertad para las malas. Un estadista que
quiera lograr algo importante y altamente constructivo para su país
está obligado a moverse con mucha cautela y hasta con timidez.
Miles de apresurados (e irresponsables) críticos estarán
pendiente de él. Constantemente será desairado por el
parlamento y por la prensa. Tendrá que demostrar que cada uno
de sus pasos está bien fundamentado y es absolutamente
impecable. El resultado final es que una gran persona, auténticamente
extraordinaria, no tiene ninguna posibilidad de imponerse. Se le
pondrán docenas de trampas desde el mismo inicio. Y de esta
manera la mediocridad
En todas partes es posible, y hasta fácil,
socavar el poder administrativo. De hecho, este poder ha sido
drásticamente debilitado en todos los países
occidentales. La defensa de los derechos individuales ha alcanzado
tales extremos que deja a la sociedad totalmente indefensa contra
ciertos individuos. Es hora, en Occidente, de defender no tanto los
derechos humanos sino las obligaciones humanas.
Por el otro lado,
a la libertad destructiva e irresponsable se le ha concedido un
espacio ilimitado. La sociedad ha demostrado tener escasas defensas
contra el abismo de la decadencia humana; por ejemplo, contra el
abuso de la libertad que conduce a la violencia moral contra los
jóvenes bajo la forma de películas repletas de
pornografía, crimen y horror. Todo esto es considerado como
parte integrante de la libertad, y se asume que está
teóricamente equilibrado por el derecho de los jóvenes
a no mirar y a no aceptar. De este modo, la vida organizada en forma
legalista demuestra su incapacidad para defenderse de la corrosión
de lo perverso.
¿Y qué podemos decir de los oscuros
ámbitos de la criminalidad? Los límites legales
(especialmente en los Estados Unidos) son lo suficientemente amplios
como para alentar no sólo la libertad individual sino también
el abuso de esta libertad. El culpable puede terminar sin castigo, o
bien obtener una compasión inmerecida, todo ello con el apoyo
de miles de defensores en la sociedad. Cuando un gobierno seriamente
se pone a erradicar la subversión, la opinión pública
inmediatamente lo acusa de violar los derechos civiles de los
terroristas. Hay una buena cantidad de estos casos.
El sesgo de la
libertad hacia el mal se ha producido en forma gradual, pero
evidentemente emana de un concepto humanista y benevolente según
el cual el ser humano – el rey de la creación – no es
portador de ningún mal intrínseco y todos los defectos
de la vida resultan causados por sistemas sociales descarriados que,
por consiguiente, deben ser corregidos. Sin embargo y extrañamente,
a pesar de que las mejores condiciones sociales han sido logradas en
Occidente, sigue subsistiendo una buena cantidad de crímenes;
incluso hay considerablemente más criminalidad en Occidente
que en la pauperizada y legalmente arbitraria sociedad soviética.
(Es cierto que hay una multitud de prisioneros en nuestros campos de
concentración acusados de ser criminales, pero la mayoría
de ellos jamás cometió crimen alguno. Simplemente
trataron de defenderse de un Estado ilegal que recurría al
terror fuera de un marco jurídico).
La orientación de la
prensa
La prensa, por supuesto, goza de la más amplia
libertad. (Voy a usar el término “prensa” para referirme a
todos los medios de difusión masiva.) Pero ¿cómo
utiliza esta libertad?
Aquí, otra vez, la suprema
preocupación es no infringir el marco legal. No existe una
auténtica responsabilidad moral por la distorsión o la
desproporción. ¿Qué clase de responsabilidad
tiene el periodista de un diario frente a sus lectores o frente a la
historia? Cuando se ha llevado a la opinión pública
hacia carriles equivocados mediante información inexacta o
conclusiones erradas ¿conocemos algún caso en que el
mismo periodista o el mismo diario lo hayan reconocido pidiendo
disculpas públicamente? No. Eso perjudicaría las
ventas. Una nación podrá sufrir las peores
consecuencias por un error semejante, pero el periodista siempre
saldrá impune. Lo más probable es que, con renovado
aplomo, sólo empezará a escribir exactamente lo
contrario de lo que dijo antes.
Dado que se exige una información
instantánea y creíble, se hace necesario recurrir a
presunciones, rumores y suposiciones para rellenar los huecos; y
ninguno de ellos será desmentido. Quedarán asentados en
la memoria del lector. ¿Cuántos juicios apresurados,
inmaduros, superficiales y engañosos se expresan todos los
días, primero confundiendo a los lectores y luego dejándolos
colgados? La prensa puede, o bien asumir el papel de la opinión
pública, o bien puede pervertirla. De este modo podemos tener
a terroristas glorificados como héroes; o bien ver cómo
asuntos secretos pertenecientes a la defensa nacional resultan
públicamente revelados; o podemos ser testigos de la
desvergonzada violación de la privacidad de personas famosas
bajo el eslogan de “todo el mundo tiene derecho a saberlo todo”.
(Aunque éste es el falso eslogan de una falsa era. De un valor
muy superior es el desacreditado derecho de las personas a no saber;
que no se abarroten sus divinas almas con chismes, estupideces y
habladurías vanas. Una persona que trabaja y que lleva una
vida plena de sentido, no tiene ninguna necesidad de este excesivo y
sofocante flujo de información.)
Precipitación y
superficialidad son la enfermedad psíquica del vigésimo
siglo y más que en cualquier otro lugar esta enfermedad se
refleja en la prensa. El análisis profundo de un problema es
anatema para la prensa. Se queda en fórmulas
sensacionalistas.
Sin embargo, así como está
dispuesta, la prensa se ha convertido en el mayor poder dentro de los
países occidentales, excediendo el de las legislaturas, los
ejecutivos y los judiciales Entonces, uno quisiera preguntar: ¿en
virtud de qué norma ha sido elegida y ante quién es
responsable? En el Este comunista, a un periodista abiertamente se lo
designa como funcionario del Estado. Pero ¿quién ha
elegido a los periodistas occidentales que ocupan esta posición
de poder, y por cuanto tiempo, y con qué prerrogativas?
Existe
todavía otra sorpresa para alguien que viene del Este
totalitario con su prensa rigurosamente unificada. Uno descubre una
común tendencia de preferencias dentro de la generalidad de la
prensa occidental (el espíritu de la época), modelos de
juicio generalmente aceptados, y quizás hasta intereses
corporativos comunes, con lo que el efecto resultante no es el de la
competencia sino el de la unificación. Existe una libertad
irrestricta para la prensa, pero no para los lectores, porque los
diarios transmiten mayormente, de un modo forzado y sistemático,
aquellas opiniones que no se contradicen en forma demasiado abierta
con su propia opinión y con la tendencia general mencionada.
Una moda en el pensamiento
Sin
ninguna censura en Occidente, las tendencias de moda en el
pensamiento y en las ideas resultan fastidiosamente separadas de
aquellas que no están de moda y estas últimas, sin
llegar a ser jamás prohibidas, tienen muy escasas
posibilidades de verse reflejadas en periódicos y libros, o de
ser escuchadas en universidades. Vuestros académicos son
libres en un sentido legal, pero están acorralados por la moda
del capricho predominante. No existe la violencia explícita
del Este; pero una selección impuesta por la moda y por la
necesidad de acomodarse a las normas masivas, frecuentemente impide
que las personas con mayor independencia de criterio contribuyan a la
vida pública. Hay una peligrosa tendencia a formar una manada,
apagando las iniciativas exitosas. En los Estados Unidos he recibido
cartas de personas altamente inteligentes – como, por ejemplo, el
maestro de un pequeño colegio lejano- que hubiera podido hacer
mucho por la renovación y salvación de su país,
pero su país no pudo escucharlo porque los medios no le
ofrecían un foro adecuado. Esto da lugar a fuertes prejuicios
masivos, a una ceguera que es peligrosa en nuestra dinámica
era. Un ejemplo de ello es la interpretación autocomplaciente
del estado de cosas en el mundo contemporáneo que funciona
como una especie de armadura puesta alrededor de la mente de las
personas, a punto tal que las voces humanas de diecisiete países
de Europa Oriental y del Lejano Oriente asiático no pueden
perforarla. Sólo se terminará rompiendo por la
inexorable palanca de los acontecimientos.
He mencionado algunos
pocos rasgos de la vida occidental que sorprenden y asombran a un
recién llegado a este mundo. El propósito y los
alcances de esta disertación me impiden continuar con este
examen, particularmente en lo relacionado con el impacto que estas
características tienen sobre importantes aspectos de la vida
de una nación, tales como la educación, tanto la
elemental como la avanzada en artes y humanidades.
Socialismo
Está
casi universalmente aceptado que Occidente le muestra al resto del
mundo el camino hacia el desarrollo económico exitoso, aún
cuando en los últimos años ha sido perturbado
fuertemente por una caótica inflación. Con todo, muchas
personas que viven en Occidente están insatisfechas con su
propia sociedad. La desprecian o la acusan de no estar ya al nivel de
lo que requiere la madurez de la humanidad. Y esto empuja a muchos a
inclinarse por el socialismo, lo cual es una falsa y peligrosa
tendencia.
Espero que ninguno de los presentes sospechará
que expreso mi crítica parcial al sistema occidental a fin de
sugerir al socialismo como una alternativa. No. Con la experiencia
que tengo de un país en dónde el socialismo ha sido
instituido, no hablaré de una alternativa así. El
matemático Igor Shafarevich, miembro de la Academia Soviética
de Ciencias, ha escrito un libro brillantemente argumentado titulado
“Socialismo”, en el cual efectúa un penetrante análisis
histórico y demuestra que el socialismo, de cualquier tipo o
matiz, conduce a la destrucción total del espíritu
humano y a la nivelación de la humanidad en la muerte. El
libro de Shafarevich fue publicado en Francia hace ya casi dos años
y hasta el presente no se ha encontrado a nadie capaz de refutarlo.
Dentro de poco, se publicará en inglés en los Estados
Unidos.
No es un modelo
Pero si
alguien me preguntara, en cambio, si yo propondría a
Occidente, tal como es en la actualidad, como modelo para mi país,
francamente respondería en forma negativa. No. No recomendaría
vuestra sociedad como un ideal para la transformación de la
nuestra. A través de profundos sufrimientos, las personas en
nuestro país han tenido un desarrollo espiritual de tal
intensidad que el sistema occidental, en su presente estado de
agotamiento, ya no aparece como atractivo. Incluso las
características de vuestra vida que acabo de enumerar resultan
extremadamente entristecedoras.
Un hecho que no puede ser
cuestionado es el debilitamiento de la personalidad humana en
Occidente mientras que en el Este esa personalidad se ha vuelto más
firme y más fuerte. Seis décadas para nuestra gente y
tres décadas para la de Europa Oriental; durante todo este
tiempo hemos pasado por un entrenamiento espiritual que aventaja, de
lejos, a lo experimentado por Occidente. La compleja y mortal presión
de la vida cotidiana ha producido personalidades más fuertes,
más profundas y más interesantes que las generadas por
el bienestar estandardizado de Occidente. Por lo tanto, si nuestra
sociedad hubiese de ser transformada en la vuestra, ello significaría
una mejora en determinados aspectos, pero también un
empeoramiento en algunos puntos particularmente significativos. Por
supuesto, una sociedad no puede permanecer indefinidamente en un
abismo de arbitrariedad legal como es el caso en nuestro país.
Pero también le resultará denigrante elegir la
automática suavidad legalista, como es vuestro caso. Después
de décadas de sufrimiento, violencia y opresión, el
alma humana anhela cosas más altas, más cálidas
y más puras que las ofrecidas por los hábitos de
convivencia masiva introducidos por la invasión repugnante de
la publicidad, el aturdimiento televisivo y la música
insoportable.
Todo esto es visible para numerosos observadores de
todos los mundos de nuestro planeta. Resulta cada vez menos probable
que el estilo de vida occidental se convierta en el modelo a
seguir.
Hay advertencias significativas de la historia para una
sociedad amenazada de muerte. Tal es, por ejemplo, la decadencia del
arte, o la carencia de grandes estadistas. Hay otras advertencias
abiertas y evidentes, también. El centro de su democracia y de
su cultura se lesiona tan sólo por la ausencia de energía
eléctrica por algunas horas, pues repentinamente muchedumbres
de ciudadanos americanos comienza a saquear y a causar estrago. La
capa superficial de protección debe ser muy delgada, lo que
indica que el sistema social resulta inestable y malsano.
Pero la
lucha por nuestro planeta, en lo físico y en lo espiritual,
esa lucha de proporciones cósmicas no es una vaga cuestión
del futuro. Ya ha comenzado. Las fuerzas del mal ya han lanzado su
ofensiva decisiva. Podríais sentir su presión pero
vuestros monitores y vuestras publicaciones todavía están
llenas de las obligatorias sonrisas y de los brindis con los vasos en
alto. ¿A qué viene tanta alegría?
Miopía
Algunos
representantes muy bien conocidos de su sociedad, tales como George
Kennan, dicen: no podemos aplicar criterios morales a la política.
Así mezclamos el bien y el mal, lo derecho y lo torcido y
damos oportunidad para el triunfo absoluto del Mal en el mundo. Por
el contrario, sólo los criterios morales puede ayudar a
Occidente contra la estrategia bien prevista del mundo del comunismo.
No hay otros criterios. Las consideraciones prácticas u
ocasionales de cualquier clase serán barridas inevitablemente
por la estrategia comunista. Después que se ha alcanzado un
cierto nivel del problema, el pensamiento legalista induce a la
parálisis; evita que uno vea el tamaño y significado de
los acontecimientos reales.
A pesar de la abundancia de
información, o quizá debido a ella, Occidente tiene
dificultades para entender la realidad tal como es. Ha habido
predicciones ingenuas por algunos expertos americanos que creyeron
que Angola se convirtió en el Vietnam de la Unión
Soviética o que la expedición cubana en África
sería detenida por la especial atención de Estados
Unidos a Cuba. El consejo de Kennan a su propio país -
comenzar el desarme unilateral - pertenece a la misma categoría.
¡Si usted supiera cómo se ríen de sus magos
políticos los funcionarios del Moscow Old Square [1]! En
cuanto a Fidel Castro, él francamente desprecia a Estados
Unidos, enviando a sus tropas a aventuras distantes estando su país
junto al de ustedes.
Sin embargo, el error más cruel
ocurrió con la incomprensión de la guerra de Vietnam.
Algunos querían sinceramente que todas las guerras se
detuvieran cuanto antes; otros creyeron que debería haber
lugar para la autodeterminación en Vietnam, o en Camboya, como
vemos hoy con claridad particular. Pero los miembros del movimiento
pacifista de Estados Unidos participaron en la traición de
lejanas naciones del Este, en un genocidio, y en el sufrimiento
impuesto hoy a 30 millones de personas de aquellos países.
¿Esos pacifistas convencidos oyen los gemidos que vienen de
allá? ¿Entienden su responsabilidad hoy? ¿O
prefieren no oír? La CIA americana perdió su nervio y
como consecuencia el peligro se ha acercado mucho más a los
Estados Unidos. Pero no hay conocimiento de esto. La miopía de
los políticos que firmaron una precipitada capitulación
en Vietnam aparentemente dieron a América un respiro de
despreocupación; sin embargo, un Vietnam multiplicado por cien
asoma ahora sobre ustedes. Ese Vietnam pequeño había
sido una advertencia y una ocasión para movilizar el valor de
la nación. Pero si una América completamente
apertrechada sufrió una verdadera derrota por un pequeño
país comunista, ¿cómo puede Occidente esperar
permanecer firme en el futuro?
Ya he tenido ocasión de
decir que en el siglo XX la democracia no ha ganado ninguna guerra
importante sin la ayuda y protección de un aliado continental
cuya filosofía e ideología no preguntó. En la
Segunda Guerra Mundial contra Hitler, en vez de ganar esa guerra con
sus propias fuerzas, que habrían sido ciertamente suficientes,
la democracia occidental cultivó a otro enemigo con más
poder todavía, pues Hitler nunca tuvo tantos recursos y tanta
gente, ni ofreció ideas atractivas, ni tuvo una gran cantidad
de partidarios en el oeste -- una quinta columna potencial -- como la
Unión Soviética. Actualmente, algunas voces
occidentales han hablado ya de obtener la protección de un
tercer poder contra la agresión en el próximo conflicto
mundial, si lo hay; en este caso el protector sería China.
Pero no le desearía tal protector a ningún país
en el mundo. Primero de todo, es otra vez una alianza con el Mal;
además, concedería a Estados Unidos un plazo, pero
cuando a última hora China con sus mil millones personas se
volteara armada con las armas americanas, América misma caería
presa de un genocidio similar al que se esta perpetrado en Camboya en
nuestros días.
Pérdida de voluntad
Pero
ningún arma, no importa cuál sea su poder, pueden
ayudar a Occidente mientras no supere la pérdida de su fuerza
de voluntad. En un estado de la debilidad psicológica, las
armas se convierten en una carga para el lado de quienes capitulan.
Para defenderse, uno debe también estar preparado para morir;
esta preparación escasea en una sociedad educada en el culto
del bienestar material. Nada queda entonces, solamente las
concesiones, intentos de ganar tiempo y la traición. Así,
en la vergonzosa conferencia de Belgrado los diplomáticos del
Occidente libre entregaron en su debilidad la frontera donde los
miembros de los Grupos Vigilantes de Helsinki están
sacrificando sus vidas.
El pensamiento occidental ha llegado a ser
conservador: la situación del mundo debe permanecer como está
a cualquier coste, allí no debe ser ningún cambio. Este
sueño debilitante de un status quo irreformable es el síntoma
de una sociedad que ha llegado al final de su desarrollo. Uno debe
ser ciego para no ver que los océanos ya no pertenecen a
Occidente, mientras que la tierra bajo su dominio sigue disminuyendo.
Las dos llamadas guerras mundiales (en realidad todavía
estaban lejos de tener esa escala mundial) han significado la
autodestrucción interna del pequeño y progresivo
Occidente que ha preparado así su propio final. La siguiente
guerra (que no tiene que ser atómica y no creo que lo sea)
puede quemar la civilización occidental para
siempre.
Enfrentando tales peligros, con tantos valores históricos
en su pasado, con tan alto nivel de realización de la libertad
y de devoción a la libertad, ¿cómo es posible
perder en tal grado la voluntad para defenderse?
Humanismo y sus
consecuencias
¿Cómo es que se ha producido esta
adversa relación de fuerzas? ¿Cómo es que
Occidente ha caído de su marcha triunfal hasta su debilidad
presente? ¿Acaso han existido desvíos fatales y
pérdidas de orientación en su desarrollo? No parece ser
así. Occidente se mantuvo avanzando en forma constante de
acuerdo a sus proclamadas intenciones sociales, a la par de su
asombroso progreso tecnológico. Y súbitamente se ha
encontrado en su posición actual de debilidad.
Esto
significa que el error debe estar en la raíz, en la misma base
del pensamiento humano de los últimos siglos. Me refiero a la
visión occidental que prevalece en el mundo de hoy, que nace
del Renacimiento y encuentra su expresión política a
partir de la Ilustración. Esta visión se convirtió
en la base de todas las doctrinas políticas o sociales y
podríamos llamarla humanismo racionalista o autarquía
humanística. Es la autoproclamada y practicada autonomía
del ser humano de cualquier fuerza superior. También podría
ser llamado antropocentrismo, con el ser humano visto como ocupando
el centro de todo lo que existe.
El punto de inflexión
provocado por el Renacimiento probablemente fue inevitable desde el
punto de vista histórico. La Edad Media había llegado a
su término natural por agotamiento, convirtiéndose en
una represión despótica intolerable de la naturaleza
física del ser humano a favor de su naturaleza espiritual.
Pero, después, nos retiramos de lo espiritual y fuimos
abrazando todo lo que es material de un modo excesivo e ilimitado. La
nueva forma humanística el pensamiento, que había sido
proclamada nuestra guía, no admitía la existencia de
una maldad intrínseca en el ser humano, ni entreveía
una misión más elevada que el logro de la felicidad
terrenal. Dio inicio a la civilización occidental con una
peligrosa tendencia a idolatrar al hombre y a sus necesidades
materiales. Todo lo que estaba más allá del bienestar
físico y de la acumulación de bienes materiales; todas
las demás necesidades y características humanas de una
naturaleza superior y más sutil, quedaron fuera del área
de atención de los sistemas sociales y estatales, como si la
vida humana no tuviese un significado superior. Eso proporcionó
su acceso al Mal, que en nuestros días fluye libre y
constante. La simple libertad per se no resuelve en lo más
mínimo todos los problemas de la vida humana y hasta agrega
una buena cantidad de problemas nuevos.
Y aún así,
en las primeras democracias, como en la democracia norteamericana por
la época de su nacimiento, todos los derechos humanos fueron
conferidos sobre la base de que el ser humano es una criatura de
Dios. Esto es: la libertad le fue conferida al individuo en forma
condicional, en la presunción de su constante responsabilidad
religiosa. Esa era la tradición de los mil años
precedentes. Hace doscientos y hasta hace cincuenta años
atrás, hubiera sido casi inimaginable en los Estados Unidos
que se le concediese la libertad ilimitada a un individuo simplemente
para la satisfacción de sus caprichos personales.
Después,
sin embargo, todas estas limitaciones resultaron erosionadas en la
totalidad de Occidente. Se produjo una emancipación absoluta
de la herencia moral de los siglos cristianos con sus grandes
reservas de misericordia y sacrificio. Los sistemas estatales se
volvieron aun más materialistas. Finalmente, Occidente
conquistó los derechos humanos, incluso en exceso, pero el
sentido de responsabilidad del ser humano ante Dios y ante la
sociedad se ha vuelto cada vez más débil. Durante las
últimas décadas, el egoísmo legalista de la
cosmovisión occidental ha llegado asu apogeo y el mundo se
encuentra en una aguda crisis espiritual y en una transición
política. Todos los celebrados logros tecnológicos del
progreso, incluyendo la conquista del espacio exterior, no alcanzan
para redimir la pobreza moral del Siglo XX, una pobreza que nadie
hubiera imaginado incluso todavía hacia fines del Siglo XIX.
Un parentesco inesperado
En
la medida en que el humanismo en su desarrollo se fue volviendo más
y más materialista, progresivamente permitió conceptos
que resultaron utilizados por el socialismo primero y por el
comunismo después. De este modo, Carlos Marx pudo decir, en
1844, que el “comunismo es humanismo naturalizado”.
Esta
afirmación no es enteramente irracional. Uno puede detectar
las mismas piedras fundamentales de un humanismo erosionado en
cualquier tipo de socialismo: materialismo ilimitado; liberación
de la religión y de la responsabilidad religiosa (algo que en
los regímenes comunistas llega al estadio de la dictadura
antirreligiosa); concentración de las estructuras sociales
bajo un criterio supuestamente científico. (Esto último
es típico tanto de la Ilustración como del marxismo).
No es ninguna casualidad que las grandes promesas retóricas
del comunismo giren alrededor del Hombre (con “H” mayúscula)
y su felicidad terrenal. A primera vista parece un feo paralelismo:
¿Tendencias comunes en el pensamiento y en el estilo de vida
del Occidente y del Este actuales? Pero ésa es la lógica
del desarrollo materialista.
Más aún, la
interrelación es tal que la corriente materialista que está
más hacia la izquierda, siendo que de este modo es la más
consistente, siempre demuestra ser la más fuerte, la más
atractiva y victoriosa. El humanismo ha perdido su herencia cristiana
y no puede prevalecer en esta competencia. De esta forma, durante los
siglos pasados, y especialmente durante las décadas recientes,
a medida en que el proceso se fue volviendo más agudo, el
alineamiento de las fuerzas fue como sigue: el liberalismo resultó
inevitablemente desplazado por el extremismo; el extremismo tuvo que
rendirse ante el socialismo y el socialismo no pudo resistirse al
comunismo.
El régimen comunista en el Este ha podido
perdurar y crecer gracias al entusiasta apoyo de un enorme número
de intelectuales occidentales quienes (¡sintiendo el
parentesco!) se negaron a ver los crímenes de los comunistas
y, cuando ya no pudieron seguir negándolos, intentaron
justificarlos. El problema persiste: en nuestros Estados del Este el
comunismo ha sufrido una derrota ideológica total; su
prestigio es cero y aun menos que cero. Y a pesar de eso los
intelectuales occidentales todavía lo miran con considerable
interés y afinidad, siendo que es precisamente esto lo que le
hace tan inmensamente difícil a Occidente el resistirse ante
el Este.
Antes del cambio
No voy a
examinar el caso de un desastre producido por una guerra mundial y
los cambios que produciría en la sociedad. Mientras nos
despertemos todas las mañanas bajo un pacífico sol,
tendremos que llevar una vida cotidiana. Pero hay un desastre que ya
está muy entre nosotros. Estoy refiriéndome a la
calamidad de una conciencia desespiritualizada y de un humanismo
irreligioso.
Este criterio ha hecho del hombre la medida de todas
las cosas que existen sobre la tierra; ese mismo ser humano
imperfecto que nunca está libre de jactancia, egoísmo,
envidia, vanidad y toda una docena de otros defectos. Estamos ahora
pagando por los errores que no fueron apropiadamente evaluados al
inicio de la jornada. Por el camino del Renacimiento hasta nuestros
días hemos enriquecido nuestra experiencia pero hemos perdido
el concepto de una Entidad Suprema Completa que solía limitar
nuestras pasiones y nuestra irresponsabilidad.
Hemos puesto
demasiadas esperanzas en la política y en las reformas
sociales, sólo para descubrir que terminamos despojados de
nuestra posesión más preciada: nuestra vida espiritual,
que está siendo pisoteada por la jauría partidaria en
el Este y por la jauría comercial en Occidente. Esta es la
esencia de la crisis: la escisión del mundo es menos
aterradora que la similitud de la enfermedad que ataca a sus miembros
principales.
Si, como pretende el humanismo, el ser humano naciese
solamente para ser feliz, no nacería para morir. Desde el
momento en que su cuerpo está condenado a muerte, su misión
sobre la tierra evidentemente debe ser más espiritual y no
sólo disfrutar incontrolablemente de la vida diaria; no la
búsqueda de las mejores formas de obtener bienes materiales y
su despreocupado consumo. Tiene que ser el cumplimiento de un serio y
permanente deber, de modo tal que el paso de uno por la vida se
convierta, por sobre todo, en una experiencia de crecimiento moral.
Para dejar la vida siendo un ser humano mejor que el que entró
en ella.
Es imperativo reconsiderar la escala de los valores
humanos usuales; su presente tergiversación es pasmosa. No es
posible que la evaluación del desempeño de un
Presidente se reduzca a la cuestión de cuanta plata uno gana o
a la disponibilidad de gasolina. Solamente alimentando
voluntariamente en nosotros mismos un autocontrol sereno y libremente
aceptado puede la humanidad erguirse por sobre la tendencia mundial
al materialismo.
Hoy sería retrógrado aferrarnos a
las petrificadas fórmulas de la Ilustración. Un
dogmatismo social de esa especie nos deja inermes frente a los
desafíos de nuestros tiempos.
Aún si nos libramos de
la destrucción por la guerra, la vida tendrá que
cambiar bajo pena de perecer por si misma. No podemos evitar una
reevaluación de las definiciones fundamentales de la vida y de
la sociedad. ¿Es cierto que el ser humano está por
encima de todas las cosas? ¿No hay un Espíritu Superior
por encima de él? ¿Está bien que la vida de una
persona y las actividades de una sociedad estén guiadas sobre
todo por una expansión material? ¿Es permisible
promover esa expansión a costa de la integridad de nuestra
vida espiritual?
Si el mundo no se ha acercado a su fin, al menos
ha arribado a una importante divisoria de aguas en la Historia, igual
en importancia al paso de la Edad Media al Renacimiento. Demandará
de nosotros un fuego espiritual. Tendremos que alzarnos a la altura
de una nueva visión, un nuevo nivel de vida, dónde
nuestra naturaleza física no será anatematizada como en
la Edad Media, pero, más centralmente aún, nuestro ser
espiritual no será pisoteado como en la Edad Moderna.
La
ascensión es similar a un escalamiento hacia la próxima
etapa antropológica. Nadie, en todo el mundo, tiene más
salida que hacia un solo lado: hacia arriba.
Notas
[1] La
Old Square en Moscú (Staraya Ploshchad) es la plaza donde
reside el cuartel general del Comité Central del Partido
Comunista de la Unión Soviética (CPSU); este es el
verdadero nombre de lo que en Occidente es conocido como “El
Kremlin."














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